Colombia

Comienza la censura en Colombia con el cierre de 20 emisoras de paz Un análisis de la reestructuración de Inravisión

El gobierno de De la Espriella ha desmantelado el sistema de medios públicos colombiano bajo el pretexto de eliminar un supuesto "aparato de propaganda" y ha ordenado el cese de todas las franjas noticiosas y de opinión en Radio Nacional y televisión pública. La medida incluye la suspensión de la programación local en las 20 Emisoras de Paz y más de 70 frecuencias en todo el país

Comienza la censura en Colombia con el cierre de 20 emisoras de paz Un análisis de la reestructuración de Inravisión

La llegada de Abelardo De la Espriella a la presidencia el 7 de agosto de 2026 trajo consigo una transformación profunda en el sistema de medios públicos colombiano. Lo que en la administración anterior se concibió como un retorno simbólico al nombre de Inravisión, una suerte de homenaje a la televisión pública tradicional, se ha convertido ahora en una herramienta para desmontar el modelo de integración que había construido RTVC. Este cambio no es un simple asunto de nombres. Detrás de la nueva denominación se esconde un quiebre con la autonomía editorial y un intento por concentrar el control desde la capital.

La abogada Ángela María Mora asumió la dirección de la entidad el 12 de agosto, mediante un decreto del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, y desde entonces ha impulsado un repliegue estratégico. Bajo la bandera de una supuesta "desideologización", se está desmontando el pluralismo que se había logrado en la última década. Lo que se presenta como una reforma administrativa es, en realidad, una maniobra para vaciar de contenido crítico a los medios estatales y evitar que cumplan su función esencial en una democracia.

El plan del MinTIC para desactivar el debate público

El 16 de agosto, la ministra de las TIC, Alexandra Falla, justificó la intervención del sistema mediático público afirmando que era necesario eliminar lo que llamó un "aparato de propaganda". Sin embargo, un examen más detenido revela que el discurso oficial de búsqueda de independencia esconde la intención contraria: silenciar la crítica y el escrutinio periodístico. Las cinco medidas anunciadas por el despacho de Falla y la gerente Mora configuran un escenario de parálisis total para los servicios informativos. Se ordenó el cese inmediato de todas las franjas de noticias y opinión en Radio Nacional y televisión pública. Se impuso una revisión urgente de contenidos y formatos con criterios de "rigor" que, en los hechos, han servido para suspender la producción original. Se ha reorientado la programación hacia temas culturales, artísticos y educativos, evitando así cualquier mención a la actualidad nacional. A la par, se ha lanzado una auditoría exhaustiva de los contratos y convenios anteriores, y se ha solicitado a la Procuraduría y la Contraloría que acompañen el proceso para fiscalizar la gestión saliente.

La decisión de retirar los espacios de opinión y noticias, justificada en nombre de la neutralidad, está generando un vacío informativo de graves consecuencias. En lugar de robustecer el sistema público con una multiplicidad de voces, la nueva administración opta por eliminar el contenido político, lo que supone un retroceso en el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz. Esta política traslada la autoridad editorial al ámbito ministerial y compromete gravemente la autonomía técnica que debería proteger a los medios estatales.

El silencio que se impone en los territorios

Las Emisoras de Paz, creadas en el marco del punto 6.5 del Acuerdo de 2016, representan un compromiso del Estado para atender a las comunidades que han sufrido el conflicto armado. Tanto el gobierno de Duque como el de Petro habían respetado estas frecuencias como proyectos de identidad regional. Pero el 17 de agosto, la nueva gerencia de Inravisión rompió ese consenso con una orden de suspensión de la programación local transmitida a través de WhatsApp. Esta decisión, que ha sido calificada como un "apagón" regional, evidencia una centralización autoritaria que arrebata a los territorios su propia voz.

El 90 por ciento de la producción regional ha sido reemplazado por una programación musical que llega desde Bogotá, borrando así las identidades locales. La medida no solo afecta a las 20 Emisoras de Paz, sino también a 11 estaciones descentralizadas, impactando a más de 70 frecuencias en todo el país. Además, se ha documentado la injerencia de Diego Fajardo, quien ejerció como una suerte de "policía editorial" en las redacciones incluso antes de tener un vínculo contractual formal. Fajardo vetó explícitamente la cobertura de voces indígenas y afrodescendientes en el Cauca, argumentando que estas "politizaban la información", lo que constituye una violación clara de la obligación constitucional de priorizar a las poblaciones más vulnerables.

El impacto social y la vulneración de derechos en zonas de conflicto

El silencio informativo llega en un momento de extrema fragilidad para el país, apenas una semana después del terremoto del 10 de agosto. En las zonas apartadas, la radio no es solo un medio de expresión cultural, sino un servicio de emergencia vital. Al suprimir la información local en plena crisis, el Estado está fallando en su deber de protección ciudadana. Según denuncias presentadas en el Congreso, unos 460.000 ciudadanos en áreas críticas han perdido su principal fuente de noticias y servicios locales. La ausencia de información tras un desastre natural como el reciente sismo agrava aún más la vulnerabilidad de estas poblaciones.

El caso de Ituango, en Antioquia, resulta paradigmático. La emisora local, que cubría 16 municipios y más de 100 veredas, ha dejado de transmitir programas sobre la vida campesina y la música autóctona para emitir contenido genérico desde la capital. A esto se suma la inestabilidad laboral que afecta a 105 contratistas, entre periodistas y técnicos, cuyos contratos vencen en octubre sin ninguna garantía de renovación, lo que pone en riesgo la memoria técnica y el conocimiento acumulado de las emisoras.

La reacción de la FLIP y el debate político

La respuesta de los organismos de control social no se ha hecho esperar. La directora legal de la FLIP, Natalia López, ha denunciado que esta suspensión rompe con el modelo de radio descentralizada que se venía construyendo desde 2014 y afecta directamente la convivencia en los territorios. En el plano legislativo, el representante Alejandro Toro ha citado a la ministra Falla a un debate de control político por presunto detrimento patrimonial, ya que la infraestructura estatal está siendo subutilizada. El senador Iván Cepeda, por su parte, interpuso una acción de tutela basada en la violación del derecho a la información durante la emergencia provocada por el terremoto del 10 de agosto.

El conflicto actual va más allá de las diferencias ideológicas. Al tratar a las Emisoras de Paz como simples herramientas de gobierno y no como acuerdos de Estado, la administración De la Espriella está vulnerando el marco legal que consagra la comunicación como un derecho humano y como un instrumento de resiliencia comunitaria.

Entre el fomento educativo y el vacío del pluralismo

La reestructuración de Inravisión en 2026 evidencia una contradicción insalvable. Mientras el gobierno habla de rigor y transparencia, la realidad muestra una censura regional sistemática. Al eliminar la información propia de los territorios, el Estado no está fomentando la cultura, sino creando un desierto de pluralismo que debilita la democracia. El discurso oficial promete independencia y desmantelamiento de la propaganda para servir al ciudadano, pero lo que se documenta es una suspensión de la programación local mediante órdenes informales de WhatsApp. Se anuncia un fomento de la cultura y la educación, pero lo que se impone es un vacío informativo con música desde Bogotá en 70 frecuencias. Se habla de transparencia administrativa y auditorías, mientras se permite la supervisión editorial de personal sin contrato. Se invoca la identidad nacional, pero se genera incomunicación en plena emergencia.

El veredicto es contundente. El plan actual desmantela la "voz propia" de las comunidades, que está protegida por la Constitución de 1991 y por el Acuerdo de Paz. La parálisis de las Emisoras de Paz no es una mejora técnica, sino un incumplimiento de compromisos internacionales y estatales de largo plazo. El verdadero éxito de un sistema de medios públicos no reside en la ausencia de debate, sino en su capacidad para reflejar la diversidad de una nación que hoy, desde sus regiones, ha sido silenciada.